Este día puede ser muy confuso para muchas mujeres, más cuando somos un poco más mayorcitas. Es confuso por muchas razones, por ejemplo, porque las cuarentonas del interior de la República crecimos sin saber qué era el feminismo hasta bastante grandecitas. Crecimos sin la palabra “representación”, “deconstrucción”, “ideología de género” y muchos términos más.

Yo soy hija de una mujer que cuando nació no tenía derecho a votar o ser votada. Yo soy de una generación a la que se nos enseñó que en esta vida las mujeres “éramos” (existíamos, pues) si y sólo si nos casábamos y teníamos hijos.

A mí me dijeron que estudiaba Ciencias de la comunicación MMC… “Mientras me casaba”.

A mí me preguntaron que si en mi primer viaje grande “me iba a buscar marido”. Me negaron la visa gringa seguramente por lo mismo. “Estaba en edad de merecer y a qué más una mujer soltera y joven se va a pasear sola”.

Y fui aprendiendo que eso que sentí cuando era niña era “desiguldad” cuando a mis amigas de la primaria las ponían a servirles a sus hermanos varones mientras ellos esperaban sentados en la mesa.

Hoy estoy aprendiendo que no soy menos valiosa si me caso o no y que si no tengo hijos aún valgo. Con mucha terapia, eso sí.

Seguramente estás leyendo esto y pensando que ya soy una ancianita pero no he cumplido aún 50 años. Quizá podría ser tu mamá, sí, pero justo por eso lo digo: para que veas que tenemos brechas de camino, de caminos que nos separan pero también nos unen.

Tú, quizá, sientas todo tan añejo ya -y sí, ¡ya lo es!- pero es gracias a mujeres como yo o más grandes que yo un poco invisibles, menos “revoltosas”, más ignorantes y en continuo aprendizaje. Mujeres que por siglos han luchado.

Gracias a todas esas mujeres que no teníamos (tenemos) “role models” a quienes seguir. A esas mujeres feministas que nos vamos haciendo en la marcha. Pero, ¿sabes?, no importa, porque lo que nos importa es que tú la tengas más fácil.

Y creo que la tienes.

Ser cuarentona y feminista es un poco raro. En mi grupo de amigas activistas yo soy la mayor. En una de las colectivas a las que pertenezco sólo hay una mujer un par de años más grande que yo; las demás son morras mucho más jóvenes.

Morras que utilizan palabras que tengo que ponerme a reflexionar o investigar qué significan. Y eso no me hace menos feminista.

No me hace menos luchadora.

Somos el producto de nuestros entornos y de nuestras decisiones; y justo yo decidí este camino que combina la profesión de comunicación y el del activismo. Y sí les tengo que decir que es bien cansado. Es cansado y continuo porque no dejamos de aprender y sí, de deconstruirnos…. Es decir, de “desaprender eso ya aprendido para hacerlo distinto”. Mejor, diría yo.

Ahí vamos varias, eligiendo nuestras batallas: qué de todo eso con lo que crecimos ya no queremos y qué todavía no estamos listas para soltar. O no queremos.

Y aún así levantamos la voz, estamos escuchando las otras realidades y guardando silencio cuando nos toca. Quizá sea la edad y la experiencia, pero las escuchamos y las vemos. Bueno, al menos yo lo hago.

He aprendido que hay tantos feminismos casi como mujeres. No existe UN feminismo porque no podemos hablar de una sola situación. Y me refiero al feminismo como las causas por las que lucha cada una, su realidad, sus necesidades.

Mi feminismo cuarentón quizá sea mucho más moderado que el de muchas más jóvenes. Quizá no; quizá mi lucha es igual sólo que yo soy yo y ellas son ellas.

Así que hoy, el necesario 8M, abrazo mi feminismo en evolución, en decostrucción, ignorante, ganoso, gozoso, dolido, que llora por ellas y por mí; mi feminismo activista, incluyente y cuarentón.  Me abrazo a mí y a mis amigas, cuarentonas e ignorantes como yo, carentes de mucha deconstrucción o deconstruidas, a las más jóvenes y a las deconstruidas . Me abrazo a mí y todas las que se sienten enojadas por los piolines y las felicitaciones en el Día Internacional de la Mujer. Las abrazo a ellas que han perdido a sus hijas, a sus hermanas, a sus amigas y sí… a ellas (en especial a mi querida amiga), que tienen madres desaparecidas, madres perdidas y sin una tumba. Abrazo a los padres también, a los esposos, a las hijas, a los hijos, a las esposas, novias, novios, novixs de esas mujeres que ya no están. A las mujeres de la diversidad, racializadas, de comunidades originarias, a las discas (con discapacidad), a las discriminadas por cómo lucen, por cómo hablan, porque no pueden hablar o no entienden el español. A las mujeres migrantes, a las que viven en las guerras, a esas que casaron a los 12, a las que visten de niños, a esas que no han tenido las oportunidades que yo sí, que tú sí. A esas que tienen miedo cada día de volver a casa y en el camino a casa. A esas de las que no sé aún y que aprenderé en poco, que las conoceré y reconoceré. Y a las que no conoceré y de las que nunca sabré.

Las abrazo a todas, a todxs.

Esta lucha es por mis derechos, por mi vida, por mi seguridad y por las de ustedes.

Nosotras, las cuarentonas que tenemos los ojos abiertos, medios cerrados o a penas los estamos abriendo, estas feministas diversas y en aprendizaje, estamos aquí. Más calladas, más gritonas o en silencio. Cada una desde su trinchera, su causa y realidad, soñamos con tener la certeza de tener vida, respeto, derechos que se cumplan y un futuro.  Un futuro que podamos elegir nosotras, sea como lo decidamos, pero que no sea impuesto sino decidido, sin miedo y en libertad.

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