Dime la verdad: ¿alguna vez te has preguntado si lo que haces, decides o proyectas realmente viene de ti? ¿O es porque alguien más lo espera de ti? Yo siempre me creí libre, dueña de mi vida, de mis decisiones… pero hoy me di cuenta de que no lo era tanto como pensaba.

Tenía 26 años la última vez que pisé un estudio de baile. Era algo que me hacía sentir viva, una conexión con mi esencia. Pero la vida pasó: responsabilidades, trabajo, expectativas… y lo dejé. Hace unos meses, encontré un estudio en redes sociales. Veía sus videos y pensaba: “Todas se ven increíbles. El baile es tan… sexy.” Y ahí está esa palabra que tanto me cuesta aceptar: sexy.

¿Por qué me cuesta tanto? ¿Es miedo al juicio, a las críticas, o tal vez a no sé qué? Hoy, en mi primera clase después de tantos años, lo entendí. Los primeros quince minutos fueron un infierno: salir de mi zona de confort, de mi papel de boss lady, y enfrentar mi propio juicio fue durísimo. No sabía si podía permitirme ser esa mujer sensual que llevaba tanto tiempo escondida.

Ahí estaba yo, con Sabrina Carpenter sonando de fondo, rodeada de 46 niñas en sus veintes. Todas bailaban, se aplaudían, se apoyaban. Sus miradas reflejaban una sororidad que me desarmó porque nunca la había sentido de esa forma. Yo, que crecí protegiéndome de las críticas de otras mujeres, no sabía cómo moverme en un espacio tan seguro.

Fue entonces cuando entendí algo que hasta ese momento no había considerado: esto también soy yo. Esa mujer que, entre risas nerviosas y movimientos torpes, encontró la valentía de enfrentarse a su propia mirada. No era perfecta, pero era real. Y ser real, con todo lo que eso conlleva, es lo que siempre había buscado sin darme cuenta.

Y sí, lo admito: juzgué a esta generación como muchos lo hacemos. “Generación de cristal,” les decimos. Pero, ¿sabes qué? Ellas son emocionalmente más fuertes que nosotras, las millennials. Se dan permiso de sentir, de disfrutar, de ser. Nosotras crecimos reprimiendo emociones, temiendo al qué dirán, y hoy me di cuenta de lo afortunadas que son ellas.

Me juzgué por mi edad: “Una cuarentona rodeada de veinteañeras.” Me imaginé cuchicheos detrás de mí, pero luego comprendí algo: ellas estaban concentradas en ellas mismas, en disfrutar, en sentir cada nota, cada movimiento. No les importaba hacerlo perfecto, y eso fue tan liberador.

A las 7:45 pm, finalmente solté. Me permití bailar, disfrutar, ser yo. Y sí, ahora tengo un dolor en la lumbar que mañana me va a pasar factura, pero lo que viví esta noche no tiene precio. Sentí algo que hacía años no sentía: estar viva. Sin demostrar nada, sin cumplir expectativas.

En un mundo que parece girar en torno a ganar dinero y trabajar sin descanso, se me estaba olvidando lo más importante: vivir. Pero ya no. Hoy me prometí que el tiempo que le doy al trabajo también se lo voy a dar a lo que me hace feliz.

Si estás leyendo esto, hazme un favor: date ese tiempo. Vive. No esperes a que sea demasiado tarde. Hoy lo hice, y me siento más viva que nunca. ✨

2 responses to “El Día Que Bailé para Volver a Sentirme Viva”

  1. TE FELICITO Y GRACIAS POR COMPARTIRLO. VOY A VIVIR !!!! 😘

  2. Ufff cuanta razón tienes deje de vivir y de disfrutar la vida al grado de tomar antidepresivos y medicamento para dormir. Gracias porque me haces pensar en q no puedo, no debo solo dejar de sentirme viva.

Leave a Reply

Trending

Discover more from The Fashion Call

Subscribe now to keep reading and get access to the full archive.

Continue reading