Por Angie Ortega

Dicen que la moda está en todos lados: en el cielo, en la calle y, en mi caso, la moda siempre estaba en casa con mi papá, quien ha dedicado su vida entera al diseño de calzado.

Por Tania Todd

Nací y crecí entre revistas, artículos de moda, colores, plumones y cientos y cientos de hojas de diseños. Este mundo siempre me fascinó y atrajo, no sé si por la normalidad del día a día o simplemente por la rienda suelta que se le daba a la creatividad; pero crecer en él no fue fácil.

Entre el amor y la realidad

Desde muy chica supe que yo quería pertenecer a este mundo, lo traía en la sangre no solo por mi papá, sino por mi bisabuela materna, quien era diseñadora de vestidos de novia (esta es otra historia). Sin embargo, con el paso de los años mi decisión fue cuestionada por mí misma, principalmente, por la sacudida que se le dio a mi familia cuando, por azares del destino, mi papá perdió su trabajo. La compañía para la que trabajaba se vino abajo; literal, una granizada tiró techos y paredes y dejó a familias como la mía, sin un ingreso.

En ese momento no me preocupé, honestamente a mis 13 años no es que entendiera muy bien cómo funcionaba la vida adulta. Imaginé que mi papá estaría unas semanas en casa, se reincorporaría al mundo laboral en otra empresa y la vida seguiría normal justo como la conocía.

La sorpresa fue que las semanas se convirtieron en meses, y los meses en 2 años. Afortunadamente mi papá era un ahorrador compulsivo y eso nos mantuvo a flote por mucho tiempo, pero como todo por servir se acaba, las carencias se volvieron latentes y la desesperación palpable, entonces entendí que si para mi papá, con un portafolio de más de 20 años de diseños para una marca bastante reconocida, era difícil, me convencí de que sería prácticamente imposible para mí.

Entre la pasión y la razón

El destino llevó a mi papá a trabajar del otro lado del mundo para seguir haciendo lo que él disfrutaba, pero lejos de nosotros, su familia; lo cual honestamente marcó un antes y un después en mi vida. Del deseo de “hacer chanclas” como mi papá, a mantenerme lo más alejada de ese mundo y jugarle a la segura, estudiar una carrera más tradicional e iniciar la carrera de la rata, como dice Robert Kiyosaki.

Con el paso de los años aprendí a crear personajes de acuerdo con los diferentes momentos y etapas de mi vida, incluyendo la de Godín con el odioso traje gris deprimente. Hice a un lado mi autenticidad y mi creatividad para mantenerme en el molde… Pero la moda nunca dejó de llamarme.

Ya bien entrados mis 20s, y con la oportunidad de empezar de cero -no solo con la vida sino con el guardarropa- decidí ser fiel a mi esencia y a mí misma y comenzar con pequeños cambios que poco a poco me llenaron. Fui desarrollando (¿o quizá reencontrándome?) con un amor muy profundo a los zapatos, y si bien comprarlos y probarlos es genial, mi amor por ellos va más allá de la estética.

Los zapatos y yo

Los zapatos me remontan a mis raíces, a mis recuerdos de la niñez al ver a mi papá dibujar, cortar y coser cada pieza; a cada par de zapatos estrafalarios que me hacía o me compraba, incluyendo mis inolvidables tenis de puma manejando un cochecito.

Me recuerdan cada uno de sus relatos de la juventud cuando usaba un converse amarillo y uno rojo como sus piezas Statement; a las revistas y artículos de moda que leía y con las que formaba los collages y portadas de mis cuadernos escolares.

Los zapatos me regresan a mi “look book” creado en sexto año de primaria, donde dibujaba los outfits que usaría cuando fuera adulta. Me regalan la oportunidad de seguir soñando y, quién sabe, quizá me regalen la oportunidad de dejar a mi niña interior ser la guía y con el tiempo, a crear mi propia marca de zapatos, porque, así como Cenicienta, yo también creo que un par puede cambiar tu vida.

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